martes, 24 de abril de 2018

Inseguros en la red


Zuckerberg en el Congreso de los Estados Unidos.
(Imagen: nytimes.com)
Ahora que internet no se puede disociar de nuestra vida cotidiana, tenemos que aprender a convivir no solo con todas las ventajas y atractivos que nos ofrece, sino que se hace necesario aprender a cuidarnos también de ella. La inseguridad está presente en todas partes, incluso en el mundo virtual, pero es en este último donde más ingenuos somos, tanto que pensábamos que compañías como Facebook cuidaban bien de nuestros datos, cuando no era así.

Como bien se sabe, durante las últimas semanas se ha desatado una ola de cuestionamientos sobre Facebook por la manera en que una compañía llamada Cambridge Analytica accedió al perfil de millones de usuarios sin consentimiento, en este caso, a través de un cuestionario de personalidad para recoger información con fines políticos. Debido a esto, Mark Zuckerberg ha debido responder difíciles preguntas ante los legisladores norteamericanos, personas mayores que se tuvieron que adaptar y entender la tecnología contra el joven empresario de 33 años que la creó. Él ha pedido disculpas, aunque no es la primera vez.  Ante esto, la confianza en la red social se ha remecido y ahora, si antes no lo sabíamos, conocemos con claridad cómo opera el modelo de negocio de Facebook que, como cualquier otro medio de comunicación, se sostiene en la publicidad, aunque a diferencia de la radio o la televisión, ésta ya contiene nuestra información. La misma Facebook lo explica aquí: https://bit.ly/2bbsNON.

Esa actividad no es única de Facebook. Las redes sociales en general funcionan gracias a la publicidad. No es ilegal. Google o los servicios de correo electrónico como Hotmail también operan con publicidad determinada de acuerdo a nuestras búsquedas, gustos y perfiles. El problema es que la información que las redes sociales tienen de nosotros nos hace vulnerables si es que no existe un control adecuado. Se supone que Facebook sabe a qué compañías les vende la información de acuerdo a las normas de privacidad y conoce con qué fines y de qué modo permitirá los anuncios.

Pero Cambridge Analytica les sacó la vuelta a las reglas. Obtuvo información usando de manera poco ética la minería de datos y luego creó anuncios falsos y métodos para influir en las personas a través de la misma plataforma. ¿Qué potestad tiene una compañía para acceder sin permiso a nuestra información para recopilarla, manipularla y vendernos luego una decisión? Las compañías no tienen ese derecho, aunque ahora existen especialistas en análisis de datos cuyo trabajo a veces les exige exactamente eso, recopilar información de donde venga como una especie asolapada de estudio de mercado.

Toda esta situación parece otro cuento sacado de la serie de distopías tecnológicas Black Mirror. Los datos obtenidos de los millones de usuarios terminaron por servir a agentes que buscan el poder: las elecciones que favorecieron a Donald Trump en Estados Unidos y muy probablemente un caso similar con el Brexit. Por eso -y para terminar-, no se debería desdeñar esta advertencia de Mario Vargas Llosa:

“Las dictaduras del futuro serán burocracias tecnológicas, muy avanzadas, que poco a poco irán expropiando la soberanía de los individuos. En manos del poder la tecnología puede ejercer la dictadura de una manera casi invisible, manteniendo las apariencias de la legalidad. Es una amenaza real y muy seria, contra la cual no tenemos armas para luchar”. (Conversaciones en Princeton con Rubén Gallo, Lima, Alfaguara, 2017, p. 262)

César Antonio Chumbiauca


lunes, 26 de marzo de 2018

Muerte entre líneas

Año de edición: 2014.
Páginas: 288

—Muchos quieren los libros para presumir de ellos, al menos delante de ciertos amigos. Para enseñar su fabulosa y nueva adquisición sin que nadie haga preguntas. Les gustar alardear de tener un códice de Galileo o una primera edición de esto o de lo otro. Algo que no sea corriente. Un superviviente del siglo XVI. Un pedazo de cultura. —Se le había oscurecido la voz, como si de un juez leyendo la lista de acusaciones se tratase —. Supongo que indica más sofisticación por su parte que si hubiesen comprado un Ferrari.

La Biblioteca Merula, en Italia, ha sufrido la mutilación de varias de sus reliquias bibliográficas y la también sustracción íntegra de otras. El comisario Brunetti seguirá a fondo este caso hasta descubrir a los delincuentes… Pero irá más allá: tratará de comprender la mente de los inescrupulosos coleccionistas de libros antiguos. Una buena novela de Donna Leon, inspirada en hechos reales (el robo de la Biblioteca de Girolamini, en Nápoles). El título de la novela en inglés resulta más curioso: By Its Cover.


César Antonio Chumbiauca

martes, 20 de marzo de 2018

El lugar que guarda la historia de la PUCP

Ya con ciento un años, la Pontificia Universidad Católica del Perú es un referente en la historia nacional del siglo XX. Al igual que otras universidades privadas, la PUCP también se fundó con carreras de letras y derecho, solo que, aunque ahora tiene una excelente escuela de negocios (Centrum), jamás relegó a las ciencias sociales, las humanidades, las artes ni la teología. Por eso es una universidad interesante, con perspectivas diversas sobre la realidad. Gracias al empeño de las personas que trabajan en el Archivo de la Universidad, la PUCP ha conservado buen material sobre personajes y eventos importantes que constituyen su memoria y, por tanto, una mirada consciente de la evolución del Perú.

Hace cinco años trabajé en la Biblioteca Auxiliar del Archivo. Yo deshacía y rehacía los estantes de la colección y me esmeraba por ensayar una base de datos. Era practicante y la señora Beatriz Montoya, Marita Dextre y Dora Palomo me dejaban experimentar sin presiones. Otras veces, cuando no estaba en la computadora, ojeaba los libros de archivística que llegaban y comprendí que un par de cursos de bibliotecología no son jamás suficientes para entender la complejidad del mundo archivístico.

En ocasiones entraba al depósito y me maravillaba. Los documentos que guardan son un manjar para cualquier historiador. Recuerdo haberme topado con una caja roja que tenía un rótulo que me emocionó: Jorge Basadre. ¡Eran algunos de sus manuscritos! También, en otra oportunidad, encontré una carta escrita en un pedazo de tela. El conservador, mi amigo Javier, me contó que eran cartas especiales escritas así en épocas revoltosas para que los mensajeros lo pudieran esconder mejor. Por otra parte, durante los días de visita, se exponían documentos del poeta Javier Heraud y el acta de inscripción del cuentista Julio Ramón Ribeyro, que estudió Derecho. También recuerdo que vi el registro de notas de Marco Aurelio Denegri, pero la información es clasificada. A veces encontraba fotos antiguas del fundo Pando o de las facultades en la Plaza Francia. Después vi más de esas fotos en un calendario conmemorativo con fotos históricas que editó el Archivo el año pasado.

Ahora, si debo señalar a una persona que para mí resume la madurez intelectual y cordialidad de la PUCP, ese es César Gutiérrez Muñoz. Archivero e historiador, de un humor y un trato que caen bien a todos, desde doctores hasta jóvenes cachimbos. Tiendo a veces a comparar su personalidad con Gustave H., personaje interpretado por Ralph Fiennes en la película El Hotel Budapest. A don César se le debe la serie de Cuadernos del Archivo de la Universidad. Toda la serie es un homenaje a las figuras de la PUCP más reconocidas por su trayectoria académica. En la edición 56, la señora Beatriz Montoya dice acerca de César Gutiérrez: "Inspirado en su espíritu universitario tuvo la gran iniciativa de crear los Cuadernos del Archivo de la Universidad que se editan y distribuyen periódicamente con el propósito de divulgar documentos que nos permiten conocer mejor la historia de la Universidad y así fortalecer su identidad".

Cada aniversario de la PUCP convoca necesariamente la labor que hace el Archivo para preservar celosamente su memoria institucional. Pero, por mi parte, creo que este post ha terminado siendo una excusa para mencionar a mis amigos del Archivo. Es inevitable. Soy testigo del trabajo diligente y de lo bien que celebran las fechas especiales ahí. Los amigos que hice en la PUCP son, sobre todo y por encima de sus profesiones y distinciones, maravillosas personas.

César Antonio Chumbiauca

martes, 20 de febrero de 2018

Excesos del usuario como cliente

(Imagen: http://radicalconcepts.com)

Martha, referencista en la biblioteca de una universidad privada, atiende a un estudiante que desea conocer un dato económico intrincado. El usuario le deja la tarea para que ella lo “ayude”; le pide que lo resuelva en un tiempo breve. Martha nota que el tema es demasiado difícil, hasta se diría que no existe información al respecto, solo aproximaciones. Comienza a sudar la gota gorda. Mientras ella busca diligentemente, suena de pronto el celular del estudiante. Responde: “¿Aló?... Sí, loco, más tarde nos vemos, ya te dije… ¡Claro, no me pierdo ese partido por nada del mundo…!”

Es indignante, pero es una realidad entre los bibliotecarios. Somos servidores, no sirvientes. Es necesario reconocer que orientar es diferente a entregar la información lista y depurada, como servida en la “boquita”. Proporcionar una referencia no es dar siempre la respuesta; es ayudar a encontrar las fuentes para que quien hace la consulta las explote por su cuenta, pues de eso se trata el proceso de investigar. No nos toca como bibliotecarios resolver tareas ajenas. Nos compete formar habilidades informacionales.

A mi parecer, hay algo malo en eso de considerar siempre como “clientes” a los lectores e investigadores. Nuestra hermosa disciplina humanista abusa ahora de las técnicas empresariales. Tampoco está todo mal. El mercado laboral de los bibliotecólogos ya no está solo en las bibliotecas. En la sociedad de la información no podemos ser tan tradicionales. Lo malo es que actuamos como si tuviéramos que vender la información. Dejamos de ser facilitadores y nos convertimos en promotores del facilismo.

Este problema también se observa en el área de tecnologías de la información. Los informáticos se las tienen que ver con herramientas de descubrimiento que con una sola búsqueda permiten encontrar toda la información posible sobre un tema. Fue una buena idea hasta que se desvirtuó. Cuando esta herramienta falla, algunas bibliotecas repiten los registros de artículos en línea en sus catálogos cuando es más sencillo enseñar a usar las bases de datos correspondientes.

Ya están apareciendo investigaciones del síndrome de burnout (desgaste profesional) en bibliotecarios. Es muy complicado cuando hay que atender diariamente a personas que creen que siempre tienen la razón. El usuario, al menos en una biblioteca, no es nuestro jefe, es alguien con necesidades informacionales y la nuestra es una carrera de servicio. Si seguimos viéndolo como cliente caemos en un error, porque un cliente es alguien que nos genera ganancias en tanto consuma lo que se le vende. Pero los bibliotecarios no vendemos cosas. Damos un servicio que contribuye a la formación espiritual o profesional de las personas. Es necesario dejar que el usuario tenga las cosas un poco complejas, que investigue, o de otro modo que sencillamente disfrute como lector, que al fin de cuentas es un acto de placer, que se duerma en la sala de lectura si quiere (pero que no ronque), que al final no se puede estar más lúcido que después de una buena siesta.

Por eso, humildemente, no estoy de acuerdo con que los usuarios sean vistos estrictamente como clientes. No me gusta una bibliotecología corporativa -al menos no en una biblioteca-; es mejor una bibliotecología humanista. Nosotros, los bibliotecarios, decidimos si nos “adaptamos” a las nuevas épocas o aportamos en el “llamado a la calma”. Esta sociedad del siglo XXI no para de correr, todo lo quiere al instante. ¿Seremos cómplices del facilismo?


César Antonio Chumbiauca 

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